Planes de vida

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Éramos apenas unos niños y ya teníamos toda nuestra vida diseñada en una servilleta arrugada de bar. Yo le robaba el pintalabios a mi madre, y tú alardeabas de afeitarte la piel. Algunos se creían que ser adulto era fumarte un paquete de tabaco y, otras, imitaban con poco arte a aquellas famosas de los años 90. “If you wanna be my lover you gotta get with my friends”.

Es cierto que cada uno de nosotros ha vivido experiencias diferentes, pero, en esencia, crecer ha supuesto para todos grandes dosis de equivocaciones, excesos y riesgos. Yo, por ejemplo, a los 14 años aún no había dado ni mi primer beso, pero ya estaba segura de que el chico con el que me lo diera sería el gran amor de mi vida. A los 16 me imaginaba la mayoría de edad como un escaparate de aventuras, sin vislumbrar siquiera lo decepcionantes que pueden llegar a ser las expectativas ridículas. A los 18, mis padres decían que estaba en la edad de estudiar, y yo elegí carrera como quien va descartando sabores ante el mostrador de una heladería, sin detenerme a pensar que hay decisiones que cambian irremediablemente el rumbo de tu vida. A los 20 años encontré un amor que me cambió la suerte, y me tragué todo el orgullo y los “yo nunca” que tanto había predicado a mis amigas, para declararme humana y desterrar el ejemplo. A los 22 aún no te había conocido y ya me imaginaba que nos casaríamos a los 27 y tendríamos nuestro primer hijo a los 29. Nunca tendríamos que irnos fuera a buscar trabajo, jamás tendría celos al saber que podrías conocer a otras, y nunca cometeríamos los errores de nuestros padres. También apunté en mi servilleta que a los 28 años ya habría visitado América, y me habría recorrido más de media Europa. Que los 30 serían una edad tranquila, de rutinas bonitas, como la paella de los domingos, y el plan de cine y cena cada sábado, sin que nunca nos cansáramos de los postres.

Tengo casi 25 años, y este año he roto todas las servilletas que limitaban mi vida. He buceado entre ofertas de trabajo buscando promesas rotas, he aprendido a decepcionar a mis padres para satisfacerme a mí misma, y son más sólidos que nunca los pilares que sustentan mi vocación. También he aceptado que la desilusión forma parte del corazón de los que alguna vez amaron, que a mí también me devoran los celos de vez en cuando y que, lo cierto, es que no estoy segura de ninguna relación salvo de la que tengo conmigo misma. Los años me han llevado a abandonar algunas de esas amistades que, en su día, consideré inseparables, y a entender que la lealtad no es cuestión de tiempo, sino de hechos. Y, aunque sigo comiendo paella todos los domingos, los sábados me aburre el plan de cine y cena; en cambio, siguen encantándome los postres. Puede que no haya cumplido ni la mitad de los sueños que tenía a los 8 años, pero me gusta lo que soy, y no hay proyecto más justo que ése.

Ser feliz nunca fue tan fácil como cuando dejé de planear mi vida y comencé a vivirla.

Por Dinamita en los ojos

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