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Pinnutty

Recuerdo que mi felicitación preferida de cumpleaños fue una en la que me pedían que llenara la veintena de errores y no me arrepintiera de ninguno de ellos. Pensé entonces en todas las veces que he tenido pánico a fallar, y descubrí que el miedo nunca me había regalado nada, pero estuvo a punto de robármelo todo.

Me hicieron falta veinticinco años para comprender que los fallos están llenos de aprendizaje, que el sexo no siempre es explosivo pero no hay nada mejor que reírse de las escenas ridículas, que casi nadie te va a querer con la misma intensidad que tú le quieres, pero que hay gente que no necesita nada más que una noche para quedarse toda una vida, aunque sea una de esas que duran cien años y mil suspiros.

Entendí que tirarse de un puente no es siempre una forma de suicidio, porque hay amigos con alas que te enseñan a volar minutos antes de estamparte contra el suelo. Y que para sentir que estás vivo sólo necesitas que te azote el aire de la libertad en la cara cantando tu canción favorita en el coche. He asumido que realicé tres llamadas inoportunas antes de darme cuenta de que ojalá nunca me hubieras dado tu número, porque apuntarlo en mi agenda fue uno de los mayores errores que confundí con acierto, pero, a día de hoy, agradezco esas noches de espera en las que comprendí que la incertidumbre te define infeliz, y por eso la destierro para siempre de mi vida.

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Ninbra

Benditos fueron tus besos salados y esa forma eufórica de quererte, porque en aquellos días yo fui el rompeolas de todas las playas del Mediterráneo. Es cierto que los ojos de mis hermanos me enseñaron que existen pensiones vitalicias que no encuentran valor monetario, y que verles vulnerables y enfermos me enseñó a amarles más. Los errores, los benditos errores que me enseñaron a acertar, a deglutir el odio y la frustración, a desterrar para siempre la venganza de mi vida, porque quién soy yo para juzgar los errores de los que también a su manera aciertan.

He hablado cuando más tenía que callar y callé para quienes merecían mi grito. Y sí, puede que mi forma de expresarme también sea un error, pero es la única manera completa que conozco de querer.

Dinamita en los ojos

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