Mi ciudad lleva tu nombre

 

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Fotografía: Modern Hepburn

Por Dinamita en los ojos

No hay ni un solo rincón de esta ciudad en el que no estés tú. Tus ojos, tus manos, tu risa y hasta tus camisas de rayas andan a sus anchas por las avenidas que rodean mi hogar. Me encuentro perdida en un sitio que conozco a la perfección, buscando tu mano para que me ayude a caminar en las madrugadas de escarcha y lluvia. Y no estás. O lo que es peor, estás pero no para mí. Porque me sigo cruzando de vez en cuando con tu mirada furtiva sin saber adónde vas, y sin querer saberlo tampoco. Hace meses que no quiero saber nada de ti, porque me conformo con que todas las respuestas de tu vida coticen en valores positivos. Que seas muy feliz y que vivas en paz, sin rencores ni recuerdos. O que me recuerdes, sí, como la mujer de la pólvora y los efectos especiales. Como la mujer que llenó de chispas y fuegos artificiales tu barrio, tu bar y tu vida. La de los ojos grandes y llenos del deseo de saber más de ti. La que guió tus pestañas por el paseo del triunfo más certero, el del amor sin exigencias.

Ya ves que ahora me ahoga esta ciudad que lleva tu nombre y que me recuerda en cada esquina que el adiós fue solo un hasta pronto. Hay noches que te pido que te vayas, que no vuelvas, que nos dividan los espacios, los mercados y los parques, para que jamás tengamos que volver a encontrarnos. Porque me duelen los abrazos vacíos que me debes, y me quema la sonrisa canalla que tienes y que tantas veces he besado en silencio. Que nos dividan los recuerdos para que nos volvamos locos a partes iguales. Que dejes de buscarme, que me faltan las fuerzas para impedir que me encuentres.

Pero que si por un casual, con el paso del tiempo, descubres que finalmente quieres fundar un hogar en mis brazos porque esta ciudad también lleva para ti mi nombre, me busques en los lugares que nos hicieron eternos, en aquellos rincones que convirtieron en inmortal nuestra historia. Búscame, que yo prometo saltarme los semáforos, correr hasta asfixiarme, subir de dos en dos las escaleras de tu casa, y darte todos los besos que te debo, y que por idiotas le hemos ido regalando a otras bocas que nunca nos hicieron sobrevolar felices el cielo de esta ciudad.

 

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