Restar llevando

Anne Robert Photography

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Un día fuiste casa. Con puerta y sin ventanas. Para que nunca nos llevase la corriente. Yo siempre fui tu chimenea, esa que trasnochaba al calor de tus abrazos.
Tú echabas leña al fuego. Me incendiabas con la fuerza de la gasolina sin aditivos, del alcohol sin más heridas que las que nos hacíamos los dos durante tantas noches de desvelo sin despertador como punto y final a toda nuestra magia.

Dijiste que nuestra suma nunca fue llevando, que los dedos estaban para algo más que contar los días que faltaban para volver a vernos. Prometiste cerrar el candado de todo aquello que llamaba a la puerta de nuestros pretéritos imperfectos, y me juraste que fundiste la llave entre todo aquello que fue tan blanco primero y más negro después.

Nos volvimos grises sin quererlo. Sin saberlo tampoco. Nos convertimos en una cárcel sin barrotes, en una playa sin mar, en un Madrid sin sus rincones. En un vagón sin estaciones en las que parar a mirarnos en algún reflejo. Destrozamos cada espejo para que nunca nadie nos diese la razón como a los tontos.

Y fuimos tontos, incluso imbéciles, por creer que aquello que se esconde nunca vuelve a aparecer, como si ocultar escombros bajo la alfombra fuese la solución a la ecuación del amor conjugado al futuro de segundo grado.

Un día fuiste fachada. De mármol blanco e impoluto, de granito infranqueable. Para que el tiempo siempre se llevase todo lo que el viento nos dejó. Y nosotros sobreviviésemos al paso de los daños, olvidándonos de los años, los pecados compartidos, los futuros no vividos, los presentes repetidos.

artofmanliness

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Pero nunca fuiste tejado. Nos olvidamos de cubrirnos de la lluvia, que no necesita traducción. Y entonces lo entendimos todo. Comprendimos que un refugio no es un hogar, sino un lugar en el que escondernos del tiempo, de las prisas, de las risas de todos los que nos dieron por muertos, a sabiendas de que el asedio del destino haría de nosotros polvo de todas y cada una de las estrellas que señalábamos entre las sábanas.

Nos derrumbamos. Sin explosiones controladas, sin estruendos, en silencio. Nos deshicimos como se deshacen los sueños que nunca tenemos el valor de ver cumplidos. Nos hicimos añicos infinitos, rasgándonos en ráfagas de desilusiones  que no podían diluirse en nuestra historia.

Izamos banderas blancas, llenas de rendiciones de realidad desbordada. Nos vendimos al mejor postor, en una subasta sin más pujas que la de un final sin puntos suspensivos. Nos despedimos, sin rozarnos los labios, pero con la frente marchita, por todo lo que no pudimos ser. Por todo lo que fuimos. Por lo que construimos con nuestras manos. Por lo que fuimos incapaces de sostener.

Nos marchamos, mirando atrás, como quien cree ver algo que nunca fue. Como un espejismo de fracasos que se hace realidad. Como si nada hubiese merecido la pena. Como si la vida no fuese más que destruirnos después de habernos construido a nuestra imagen. Sin semejanzas.

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