Familia sin wifi

TSMC294Me despierto un sábado cualquiera. 1 de agosto. Vacaciones. Rebaño el azúcar de más de mi café somnoliento que me recuerda que hoy, sí, hoy, no tengo ninguna obligación más allá de no hacer nada.

Enciendo mi teléfono y echo un vistazo a los periódicos. Las noticias que son importantes solo en verano. Esas mismas que cierran los telediarios el resto del año. Atentados, accidentes de tráfico y una de esas listas que empiezan tal que así: “21 cosas que debes hacer antes de cumplir los treinta”.

Entonces abro Facebook y contemplo todas las actividades maravillosas, los viajes maravillosos, las fiestas maravillosas que todos tus “amigos” comparten para que todo el mundo crea que su vida es una película tan maravillosa que ni siquiera Hollywood se atreve a versionarla. No vaya a ser que la realidad supere a la ficción. O viceversa.

Me fumo un cigarro detrás de otro, con un libro en la mano. Miro a mi alrededor y el silencio es el único que me recuerda que está ahí, conmigo. Miro al cielo por el que no dejan de pasar aviones que llevan wifi, para poder compartir el preludio de las nubes que preceden decenas de fotos en Instagram. Palo de selfie incluido. Facturado, por supuesto.

Yo sigo respirando, recordándome a mí mismo que estoy vivo, y quizá demasiado lejos del nivel virtual de algunas de las personas que una vez se cruzaron en mi vida -y que además me enviaron una solicitud de amistad o me siguieron en alguna red social-.

Al mediodía llega mi padre y enciende el fuego de la barbacoa. Hay paella a la brasa. Y viene parte de la familia. Y sonrío, sin quererlo. A pesar de los gritos, de la abuela y sus viajes del IMSERSO, de las tías locas que hablan de sexo, de los primos con 20 años que están allí obligados, como yo lo estaba a su edad y pensaba cuándo llegaría el momento en el que podría huir del plan más aburrido que puede existir en el mundo para un sábado por la tarde.
La comida se baña en cerveza, tinto de verano y cócteles caseros con muchos grados, poco azúcar sobre los bordes de los vasos de publicidad más cutres del universo y colores demasiado poco atractivos. Amarillo casi naranja. Cosas del ron.

Se brinda, se come, se celebra. Sin motivo aparente, más que el estar vivos y compartir un hule de los Simpson víctima de cigarrillos sin apagar. La paella, mejor que muchos neumáticos Michelín sobre tenedores que cada día abultan más y pinchan menos. Y la sandía, la sonrisa más roja del verano.

TSMC293Tras el homenaje, una siesta sin almohada, ni pijama ni orinales. En Discovery Max buscan oro y lo convierten en el reality con menos emoción del mundo. Y yo dormito, y ronco por segundos. Hasta que a las seis, la persona que me abraza y duerme sobre mi brazo me recuerda que hay un juego de mesa sobre los Simpson, un toldo que nos da la vida y las moscas que siguen buscando cualquier poro, aunque ya sin cangrejos, calamares ni bogavantes a los que succionar.

La tarde vuela entre preguntas, cócteles y risas. Todo es armonía y felicidad. Pese a no ir en un yate alquilado ni estar en una playa metiendo tripa. Y me paro a pensar en la familia.

Esa constelación de seres carnales, políticos y amigos a los que solo les falta el apellido. Esos que siempre besan, aunque los hayas visto hace dos minutos. Aquellos que siempre hacen las mismas preguntas esperando las mismas respuestas. Los que cuentan las anécdotas de siempre, año tras años, y cuentan los mismos chistes sin gracia de los que te ríes sin quererlo.

Todos esos que en los malos momentos acuden sin ser llamados. Los que te consuelan sin hablar, los que te ayudan sin pedirlo. A los que no pides fotos, ni tampoco autógrafos. Los que no son ricos, ni guapos, ni demasiado inteligentes. O sí. Ni siquiera te lo planteas.

La vida es elegir constantemente. Todos los días, desde por la mañana hasta por la noche. La familia, en cambio, no se elige. Y son la vida también. Son tu vida. Esa que te ha tocado, y a la que tú también le has tocado. Sin pedirlo ni quererlo.

La familia es todo aquello que no tiene glamour ni estilo. Es lo de siempre, nada nuevo. Es todo lo que te queda cuando lo pierdes todo y no tienes nada. Es un beso a las siete de la mañana, y son gritos a la hora de la siesta. Son achuchones sin sentido y sin motivo.

Pero es algo tan maravilloso, que no merece la pena perder el tiempo en describirlo, ni en subirlo a ninguna parte para dar envidia. Es lo que hay al otro lado de la pantalla. Es habitar en un mundo tan increíble, que hasta se puede tocar. Abrazar. Besar. Y vivir.

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