Lo último que sepas de mí

TSMC250

Por Alba Calzón

Quisiera decirte que aún pongo tu plato, por si algún día decides volver a cenar conmigo. Que aún duermo en una esquina de la cama porque todavía pienso que duermes a mi lado, aunque esa idea se me quita de la cabeza cuando los escalofríos recorren mi espalda y no estás tu para abrazarme.

Sueño con soñar otra vez contigo, con contarle al mundo que lo nuestro no era una película, era una sincera y cruda realidad.

Observar de nuevo los trofeos que hay en nuestro armario sin ti ya no es lo mismo. Sí, ese del salón, mientras me decías “esto es por las batallas ganadas juntos”.

Volvernos a meter entre las sabanas del Barça para poder decirte lo feo y lo tonto que eres cuando decidías pegarte a mí y estabas frío.

Leer una y otra vez aquel contrato que firmamos prometiendo no separarnos nunca, en el que ponía, con letra pequeña, que si un día llorábamos, sería con la excepción de que al día siguiente sonriésemos.

¿Y cuántos besos se quedaron en mi cama? ¿Y en el sofá  Lo pregunto porque, en realidad, no lo sé, no los encuentro por ninguna parte. Y lo peor es que están escondidos por toda la casa.

TSMC251Me gustaría enseñarte que nuestra foto, esa que estaba en la habitación, aún tiene el cristal roto. Desde que te fuiste, no he tenido el valor de arreglarla. Ni siquiera de ponerla de nuevo en su verdadero lugar.

Ojalá me prometieses de nuevo un beso bajo la lluvia, aunque quizá ahora mis labios saben a tinta de tanto besar nuestra carta. Qué digo, tu carta.
La letra apenas es legible, porque ya no sé si son las lágrimas o las gotas de café las que distorsionan las letras. O quizá ambas, porque cada noche no hago otra cosa que sentarme a leerla, con una taza de mi bebida caliente favorita. Y siempre acabó regalándote un par de lágrimas, y unos gotas de café con leche. Recalco, con leche. Porque ese era tu favorito, con un poco de espuma que siempre te quedaba en el bigote de adorno para enmarcar tu preciosa sonrisa.

Sigo andando descalza por la casa, intentando borrar las huellas que dejabas con tus enormes pies en la alfombra. Pero se han quedado marcadas, como si estuviesen ahí impresas desde siempre.

Y hoy me he propuesto algo. Iré a tu casa esta noche, llueva o nieve, descalza y con tu bata naranja. Te dejaré esta carta en la entrada; espero que aprecies las gotas de café, y también las lágrimas.

Porque serán lo último que sepas de mí.

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